Hola chichis!!! Cuando era chica estas lámparas me encantaban, pero también me parecían bastante siniestras. Tal vez porque su trama de hilos y cadenitas atrapa las gotas de vidrio como lo haría la tela de una araña, o tal vez por el nombre, tan triste: lámpara de lágrimas . Y aunque entonces yo no lo sabía, a veces son también una amenaza, como las legendarias lámparas de la ópera que caen sobre el público o sobre alguna que otra actriz si se viste de amarillo. Pero, sobre todo, yo creo que si me daban un poquito de cosa era porque siempre estaban en lugares finos en los que no se podía correr, gritar ni jugar; lugares tan grandes que, por mucho dorado que se les pusiera, por muchas lámparas y velas, siempre estaban algo oscuros. Espacios que olían a barniz oscurecido y a alcanfor, con retratos fantasmagóricos y armaduras de latón en las esquinas, pero poca, poquita vida. Y aún así, ¿quién no quiso alguna vez comerse sus cristalitos, uno a uno, o sacudirlos y hacerlos sonar...