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Cáncer y casa 4: la mamá y el niño para lunáticas

Pintando a brocha gorda, Cáncer se considera un signo bastante tradicional. Pero ¿no es el momento de replantear este ámbito de nuestra vida? Todos tenemos a Cáncer en algún punto de nuestra carta  natal, y en nuestra casa 4 podemos encontrar pistas sobre nuestro sentido de pertenencia, nuestra autoestima y nuestras emociones más íntimas.

Regidos por la Luna, el signo de Cáncer y la casa 4 son un viaje a ese rinconcito cómodo y privado que todos reservamos para soñar, para ponernos el pijama y tomar algo calentito mientras damos un repaso a nuestras emociones fluctuantes, lejos de la algarabía del día a día. Es una atmósfera de serenidad y descanso, un refugio cotidiano para reponernos del estrés que solo compartimos con las personas más cercanas, esas con las que compartimos alimentos, espacios del hogar y confidencias, y que -sean compañeras de piso, amigas, parejas o mascotas- consideramos nuestra familia. 

Ubicados en lo más profundo de la carta astrológica, Cáncer y la casa 4 son una raíz que nos recuerda de dónde venimos. Todos los nacionalismos, como apego a la tierra madre, tienen que ver con este signo regido por la Luna, y todos los grupos de personas a los que consideramos un nosotros, también. En este sentido, Cáncer puede llegar a traer una fuerza excluyente cuando entendemos de forma cerrada su significado, es decir, cuando por ejemplo decimos "nosotros los ciudadanos" y "ellos, los inmigrantes". O "nosotros, los estadounidenses", y "ellos, los hispanos". Y es que, cuando nos centramos demasiado en un nosotros, siempre habrá un ellos al que dejamos fuera. ¿Cómo los excluimos? Levantando muros, barreras capricornianas (el signo de enfrente)... y es que los opuestos se tocan más de lo que parece. ¡Cuidadito con los nacionalismos, que han justificado a lo largo de la historia tantísimas masacres!

Cáncer y la Luna recuerdan, son como una memoria que se nos instala dentro. Son aquello que nos lega la historia, la herencia cultural, familiar, y lo que sobrevive siempre en nuestro ser de los mágicos años de la niñez. Y aunque nos expliquemos siempre la historia con palabras, ese legado es sobre todo emocional. La Luna mueve emociones colectivas, no solo individuales. Mueve intuiciones. Como una madre, la Luna conoce bien lo que late en nosotros sin necesidad de que lo verbalicemos.

Y de madres quería yo hablar en relación a esto. ¿Has visto alguna vez uno de esos cuadros de la Virgen con el niño? Quizás es uno de los temas más pintados desde hace seis siglos. La madre cuidadora se ha representado siempre como un compendio de virtudes, de sacrificios. La madre construida e idealizada por los hombres es la que pasa hambre para nutrir a sus hijos, un espejo de emociones ajenas, la que siempre está dispuesta a devolver dulces palabras, la que tiene como única certeza el amor familiar, y duda de todo lo demás sin resolverse a actuar por sí misma. Es una especie de ser divino al que se demanda siempre obediencia; es un ángel siempre accesible que se define en relación a los otros. 

Hoy en día, afortunadamente, nos reímos cuando vemos los anuncios de los sesenta destinados a las amas de casa de la época, mujeres destinadas a permanecer siempre ocultas en el ámbito de lo privado y lo familiar, hasta el punto de que una mujer y su casa llegaban a definirse mutuamente. Pero, si ese rol materno está ya superado, como presuponen muchos, ¿por qué las mujeres se encargan mayoritariamente de los cuidados a personas dependientes? ¿Por qué son las que gestionan, todavía, los fogones? ¿Por qué las madres se consideran las últimas responsables de los niños? ¿Dónde se meten los padres?

Necesitamos empezar a pensar en los hombres asumiendo algunos aspectos del signo Cáncer: necesitamos verles llorar, verles expresar sus emociones, verles dudar, verles pedir ayuda, verles amar y cuidar a los suyos. Y, más allá de eso, necesitamos madres despiertas que estén dispuestas a reclamar sus derechos. Y es que, además, las madres tristemente "perfectas" (castradas) de los sesenta no han existido nunca tal cual. Porque todas somos complejas. Todas queremos más.

Si miras qué signo cae en tu casa 4, cuál es tu signo lunar, o en qué casa tienes al signo Cáncer en tu carta natal, encontrarás que hay infinitas formas de expresar la energía emocional y femenina de la Luna. Que hay madres de todos los colores. Hay madres luchadoras y determinadas (Aries), madres con voz cantante que inspiran valores (Tauro), madres divertidas que hacen running (Géminis), madres que sueñan con un cuarto propio para refugiarse de sus bebés (Cáncer), madres creativas y dramaqueen (Leo), madres programadoras y analíticas (Virgo), madres diplomáticas y estrategas (Libra), madres abisales y poderosas (Escorpio), madres eruditas y explosivas (Sagitario), madres competentes y científicas (Capricornio), madres liberadoras y aceleradas (Acuario), madres empáticas y ambiciosas (Piscis)... y luego está ese ser lleno de colores indescriptibles que es tu madre, un poco de todo (con su carta astral llena de matices), compleja como nadie.

Astrológicamente, podemos decir que todas las madres son un poco lunáticas -siempre nos darán qué pensar cuando nos preguntamos sobre nuestras vidas adultas-, pero no hay duda de que cada una de ellas es única y lo ha hecho todo como ha podido. Cuando las mujeres podamos abordar la maternidad con libertad para ser nosotras mismas, expresándonos tal y como somos, legaremos a las siguientes generaciones un mundo de hogares diversos. Las mujeres, con sus esfuerzos, transformaremos las tradiciones y, con ellas, la historia. Las mujeres redefiniremos el futuro ahora que hemos conquistado el poder de elegir cómo queremos ser.

La historia es el cuento de las madres de nuestras madres. No dejemos que nos la cuente cualquiera. Que nos la cuenten ellas, con sus voces únicas, ya que han sostenido durante siglos la raíz del mundo.


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